Elena Lekuona, Incontinencia, Málaga, España.

Incontinencia

"El día que dejé de luchar, comencé a vivir"

Elena Lekuona

Elena Lekuona

Imagen de perfil de Elena Lekuona, Incontinencia, Málaga, España

Os voy a explicar esta afirmación que de primeras, puede parecer contradictoria pero que en mi caso, está llena sentido. Empezaré sin poesía: tengo una personalidad extremadamente exigente, una educación de altos valores morales y éticos y una inexistente indulgencia a la fragilidad. Y esta estoica mochila, me ha ayudado a veces pero tras el accidente me ha jugado un mala pasada. Porque hace 6 años me vi absolutamente derrotada de la noche a la mañana. Y eso... eso no podía ser. Eso no encajaba en lo que yo era. No iba a permitir que esa derrota se adueñase de mi vida. Ni hablar. Era el momento de luchar... ¿o no?

EL APAGÓN
En 2014 di a luz una preciosa niña y en el mismo instante en el que ella se asomó a la vida, la oscuridad vino a la mía. Sufrí un estallido vaginal de grado IIIC sin razón aparente, ni motivo médico. Me cosieron de urgencia durante más de 2 horas. A la mañana siguiente, al levantarme: CHAFFFFFFF!!! se me cayó el pis. Todo de una vez. Entre la vergüenza y la sorpresa continuaron los días.

La incontinencia fecal no dio la cara hasta más adelante. Y aunque las cicatrices iban curándose correctamente, mi incontinencia urinaria, fecal y de gases no mejoraba. Cada vez se hacía más evidente.

Me avergonzaba. En esa casa había dos bebés y uno era la madre. Eso era antinatural. Y ese olor... ese olor se me metía en el cerebro y nunca dejaba de olerme mal, me obsesioné. Escuché llorar a mi bebé muchas veces y no podía ir a consolarle, porque estaba en el baño. ¡Voy cariño! ¡Ya va mamá! Y llorábamos juntas. Cuántas veces la tuve que dejar en el suelo del baño porque no tuve tiempo de dejarla en ningún sitio mejor. Y ella me miraba... y yo hablaba en alto de mi miedo, de mi rabia...

Dejé de salir, me escudé en mi bebé, en su cuidado y en la complejidad del parto... todo el mundo lo entendía. Y pasaron semanas y meses y años.

Tras decenas de pruebas, rehabilitación y consultas médicas, me hablaron de que era candidata a la implantación de un neuroestimulador de raíces sacras que muy probablemente me ayudaría. Y Sí! Lo hizo, funcionó! ¡Gané tiempo! Y “tiempo” es justo lo que un paciente de incontinencia no tiene. Tiempo de llegar al baño. Y a mí me lo regaló una “pila” maravillosa que llevo implantada en el glúteo. Desde el primer instante noté mejoría...

Pero aunque todo había mejorado, cada mañana luchaba por levantarme y hacer vida normal. Mi mente tenía que tirar del cuerpo con fuerza porque estaba siempre cansada.

LA VERGÜENZA Y EL DEBER
Ya tenía implantado el neuroestimulador y funcionaba, ¿qué más podía pedir? Ya se había acabado la angustia, ¿no?. Me daba vergüenza reconocer que NO, que el haber ganado tiempo para llegar al baño no era suficiente para mí. Porque en realidad, sin saberlo, lo que yo quería era recuperar mi vida, mi cuerpo, mi sentir... pero eso había cambiado tanto que no me reconocía...

Comencé a hacer terapia. Si físicamente había mejorado tanto, no era normal que yo no me sintiese mucho mejor. Y mientras tanto yo me levantaba por DEBER, cuidaba de Vera porque era mi DEBER y si no me abandonaba era porque “eso era RENDIRSE” y yo no me iba a rendir. Nunca.

"Tu Salud es UNA. Tan importante es la salud física como la emocional. Cuídate de manera integral"

Foto de la historia de salud de Elena Lekuona, Incontinencia, Málaga, España

SE ACABÓ VIVIR HACIA FUERA. ES MI MOMENTO.
Sentía que estaba siendo débil, me encontraba hundida a pesar de tener muchas razones por las que ser feliz, así que decidí que era mejor disimular. Me puse el disfraz que todo el mundo esperaba de mí: “estoy mejor, cada día mejor”.

Pero volcaba mi frustración en mi marido. Mi ira le dedicaba demasiados momentos. La relación con mi hija era desconectada. La quería, pero no podía conectar mi corazón con el suyo. Mi corazón estaba frío, porque desde el hielo me resultaba más fácil luchar.

Gracias a la terapia mejoré o al menos calmé algunos de mis comportamientos. Comencé a tener una presencia activa con mi hija. Pero el día a día me suponía un esfuerzo tremendo. Comencé con prescripción farmacológica y psiquiatría. Pero cada vez me ahogaba más el disfraz. No podía más. Tuve que dejarlo todo. Pedí baja laboral. Dejé mis responsabilidades con familiares y amigos. También con ASIA, la asociación que tanto me había ayudado. No dejé a mi familia pero por poco... sentía que estarían mejor sin mí.

Me centré en mí totalmente, por primera vez en 5 años. Sentía que eso era lo que tenía que hacer. Volví a cambiar de terapeuta. Y ahí, en esos otros dos años aproximadamente fueron en los que descubrí que la clave no estaba en luchar. Sentí que lo que debía hacer era aceptar y hasta querer mi patología, mi tristeza y mi rabia (cuando digo “sentí” creo que no describe la intensidad con la que viví aquel momento).

Comencé a reconocerme con humildad, aceptar los cambios físicos y psicológicos y conseguí agradecer mi nueva vida y todo lo que había traído con ella. Acepté que no era débil por sentirme superada por todo lo que me había pasado. Me permití sentirme triste, identifiqué la rabia en los miedos profundos que me limitaban y hasta llegué a hacerme amiga de ellos y agradecerles su protección. Todo eso ha sido posible.

Me escuché, comencé a quererme con compasión, dejé a un lado las exigencias asfixiantes y confié en que yo, tal y como era, era suficiente para la vida. Para vivir, compartir y convivir.

LA SONRISA Y LA LUZ SON PARTE DE MÍ. IGUAL QUE LA SOMBRA Y LA TRISTEZA
Tardé 3 años en decirle a mi hija “te quiero” y no me di cuenta de cuánto había tardado en hacerlo hasta que me escuché. Fue muy emocionante. Triste. Bonito. Mi desconexión existió pero ahora “estoy”. Soy una madre presente y consciente y eso es un regalazo para ambas. También soy una madre que corre al baño y que se cambia mucho de ropa. Pero ya no me enfado o se entristezco por ello.

La incontinencia anal y urinaria me arrolló y se llevó mi vida. Y hoy solo tengo agradecimiento por estar en el lugar que estoy. Cada profesional con el que me he cruzado, cada hora de terapia que he realizado, cada pieza que encajaba en mi cerebro, me hablaban bajito y reblandecían mi corazón helado.

Desde que me escucho, no lucho contra mí, ni contra mi cuerpo. Los accidentes que sufro por la incontinencia, los solvento con naturalidad pero también tengo que decir que han disminuido. Porque me conozco, porque me escucho con compasión y no le pido al cuerpo que sea de otra manera. Si estoy nerviosa, sé que me va a afectar a mis intestinos, si estoy con la menstruación, si como una cosa en vez de otra... y no pasa nada, y si pasa, se limpia y pasa.

Llevo mudas en el coche y en el bolso, pero desde que no me importa lo que pase, pasa menos. Es increíble el poder de la mente. Y quizá la incontinencia azote fuerte en algunos momentos, pero desde donde me encuentro ahora, no me queda duda de que apelaré a la responsabilidad y no a la exigencia y que respetaré lo propio y lo ajeno. Y que cualquier dolor o sufrimiento que venga, lo recibiré mirándolo a los ojos. Porque nunca más lucharé contra mí.

UNA CARICIA PARA ALMAS CANSADAS, AGOTADAS DE LUCHAR
Según mi experiencia, hay un punto en la lucha de cualquier problema en que hay que rendirse maravillosamente. Hay que aceptarse, dejar de luchar y comenzar a vivir. Porque la lucha es una forma de vida que agota y quizá sea la hora de parar. O al menos hacerlo más amablemente.

Así que estés en el punto en el que estés de tu proceso clínico y psicológico, no olvides que eres únic@ y que no hay una manera “normal” de superar tu duelo. Que no existe una única fórmula para la superación de problemas. No te compares. Y sobre todo, no te exijas algo que no eres.

Eres lo más importante de este proceso. Cuídate, escúchate y confía. Si caes, te levantas, pero a tu ritmo y usando lo que necesites. No hagas las cosas como otros harían. Quiérete.

Y tú ¿dejas de luchar como yo? ;)

https://www.asiasuport.org/en/

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